Consecuencias

Valeria lo hizo todo despacio y con mucha calma. Lo hizo a solas. A solas porque en ese mismo momento, a puerta cerrada en el cuarto de baño, la culpa empezaba a pesarle y no podía enfrentarse todavía a las consecuencias. Su mente había estado aletargada, dormida durante el trayecto de regreso a casa. Como una autómata había ignorado a los miembros del servicio que uno por uno se afanaban por cumplir con su trabajo que era recoger el abrigo de la señora, acompañarla hasta su habitación, ayudarla a cambiarse el vestido, prepararle un baño, ofrecerle el almuerzo y sobre todo, informarle de dónde se encontraba su marido. Pero ella no escuchó nada, con vagos ademanes los había despachado, subido las escaleras, entrado en sus habitaciones, llegado al cuarto de baño y pedido que no se la molestase en, al menos, dos horas.

Se desvistió despacio. Primero se quitó los impolutos Blahnick carmesí. Luego el Dior granate de espalda descubierta. Y ya estaba completamente desnuda. El vestido se deslizó por su piel provocándole un costante hormigueo que provocó que se mordiera el labio, un gesto entre la satisfacción y la mortificación porque las sensaciones no hubiesen desaparecido todavía. Él se había quedado con toda su ropa interior; no había cumplido su palabra y no se la había devuelto. Eso la hizo temblar de incomodidad. Dejó la ropa ahí tirada, con desgana. Se aproximó a la bañera y abrió los relucientes grifos color miel, mezclando un poco el agua caliente con la fría para conseguir la temperatura ideal; más fría que de costumbre. Mientras esperaba, no se detuvo a pensar en para qué servían todos esos frascos de sales y jabones y aromas que estaban dispuestos a los pies de la bañera, simplemente eligió una botellita con cristales en tonos pastel y lo vertió perezosamente sobre la superficie. En cuestión de segundos, la estancia se inundó con un aroma dulce y azucarado. Encendió unas pocas velas para crear una iluminación cálida, cuya luz arrojó a la blanca porcelana de la bañera un tono anaranjado muy tranquilizador.



Dentro del agua, se pasó una suave esponja por todo el cuerpo, enjabonándose a conciencia los brazos, las piernas, los hombros, el cuello y el rostro. Puso especial cuidado entre sus muslos y evitó frotar con demasiada energía sus pechos, los cuales sufrían de una dolorosa sensibilidad que se hacía insoportable con cada pasada. La cabeza le iba a estallar de pura tensión si seguía haciendo caso omiso a las involuntarias reacciones de su cuerpo. Se tumbó en la bañera para descansar su maltratado cuerpo.

No tardó demasiado en salir y cubrirse con una bata de algodón egipcio color melocotón. Ahora que ya se sentía limpia, más limpia que antes, se sentó en un taburete y se cepilló el cabello con parsimonia. Había dado más pasadas de las necesarias a sus mechones cuando se decidió a mirarse al espejo de cuerpo entero que tenía justo al lado. Se tranquilizó al comprobar que no tenía tan mal aspecto como pensaba. Su rostro no presentaba ninguna imperfección, quizás tenía los labios un poco más rojos que de costumbre y que tuviese las mejillas coloradas solo se debía al calor del agua y al ambiente, asfixiantemente caluroso y lleno de vapores. Se aproximó al espejo para verse más de cerca.

Apartó un poco el cuello de la bata para comprobar que, definitivamente, habían quedado secuelas muy evidentes. Se acarició la garganta, un gesto que disparó el recuerdo del momento en el que por fin fue liberada del prieto collar de cuero; había dejado marcas color ciruela alrededor de la base de su cuello. En los músculos que se unían a los hombros había señales oscuras a discreción. Bueno, eso se podía disimular con maquillaje, pensó. Inspiró dos veces por la nariz y abrió la bata para comprobar el estado de su cuerpo. Hubiera preferido no verlo. Sus pechos estaban todavía hinchados, redondos y voluptuosos; las dos cimas continuaban enhiestas, sensibles, de un color más oscuro. Acunó uno de los pechos con ambas manos y acarició la punta, para arrepentirse inmediatamente porque el roce le trajo a la mente el recuerdo de Su boca y Su lengua, de Sus dientes y de Sus besos. Suspiró. Si así estaban sus pechos, ¿cómo estarían sus muslos? Y sobreo todo, ¿cómo estaría su trasero? Mejor comprobarlo al final.

La evaluación de los daños continúo por la parte delantera. Su cintura y sus caderas presentaban unas extrañas y pequeñas marcas violáceas que seguían un camino. A ciencia cierta sabía que unos labios no podían causar esas cicatrices. Pero sí unos dedos. Cuando situó sus propios dedos en cada una de las marcas, que coincideran le provocó un jadeo. En Su apasionada y vehemente lujuria, mientras la llevaba al borde del frenesí, Él le había clavado los dedos con tanta pasión que le había dejado unas terribles marcas, unas vergonzosas magulladuras. Valeria apoyó la frente en el espejo, con el corazón acelerado y la vergüenza acumulándose en su estómago. Estaba espantada. Horrorizada. Sus muslos también tenían marcas similares. En la parte interior. Muy cerca de su entrepierna.

Se armó de valor. Ya nada podía ser peor. Se dio la vuelta y apartó la bata de su espalda. Unos pocos surcos rojos, arañazos quizás, nada grave. Bien, eso estaba bien. Dejó caer un poco más la bata, hasta detenerse a la altura de los riñones. Su piel presentaba un aspecto lamentable, líneas cruzadas unas con otras en una amplia gama de púrpuras y granates. Un horror. Asimilando que ya no tenía nada que perder, descubrió su trasero. Oh, Dios mío... Quiso borrar al instante lo que había visto. Tenía el culo tan rojo que ahora comprendía porque se sentía tan incómoda cuando se sentaba...

- Tienes un aspecto sublime, amor mío.

A Valeria se le cortó la respiración y se cubrió con rapidez presa del susto. Deseó que la tierra se abriese y la tragase en ese mismo instante. Miró hacia la puerta del cuarto de baño, encontrándose de pronto con unos ojos grises que la observaban. Le miró. Él la miró a ella. Se miraron. Silencio. Tensión. Los latidos desenfrenados ensordecieron a Valeria, el nudo de su vientre se tensó y apenas podía controlar su respiración. Se quedó muda del susto, incapaz de articular nada, en parte porque sabía que le fallaría la voz. Aún así... aún así, necesitaba saberlo.

- ¿Cuanto tiempo llevas ahí? - preguntó, muy bajito.

- El suficiente - respondió Él. Claro y directo. Como un disparo. Valeria tragó saliva y dejó escapar el aire con una nerviosa exhalación, con manos temblorosas intentó hacer el nudo del cinturón bata para poner distancia. - No - dijo entonces Él.- Ni se te ocurra taparte. Deja la bata abierta. Deja que te vea. 

No fue una petición. Valeria se quedó paralizada. Lord Conrad Kirbridge acababa de darle una orden.

8 intimidades:

  1. Jua, yo dije que tardaría un par de semanas en escribir sobre lord C y lady K... pero no dije que no escribiría nada sobre una u otro :P

    En fin, aquí está la continuación. Ah, aviso para navegantes, a la izquierda tenéis una mini-encuesta que he abierto para vosotros los lectores :)

    Un beso ;)

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  2. uyuyuyuyuiiiiiiiii, que esto se pone very very interesante, ha aparecido en escena Lord Kirbridge y promete...

    Graciassssssssss por adelantarte a las dos semanas, eras malilla eh?

    Un besazo Paty ☺

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  3. Uffffffffffffffffffffffffff!!!!!

    Recuento de daños (deliciosos) con final/no final de infarto????

    Te gusta dejarnos así, verdad????

    Bad bad girl.... hum!

    Jijiji Hv a great weekend!!!!

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  4. Lord Kirbridge: You've been a very very bad bad girl Lady K...

    Aysshhh va a castigarlaaaa!! jojojo eso le pasa por dejarse llevar por el maloso de Lord C

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  5. ¡Vaya!, me había peridido este capítulo!!!, venía a ver lo nuevo y voy y me encuentro k tenía otro pendiente!, jejeje. Y k capítulo!!!, madre mía, esto se pone cada vez más y más interesante... voy a corriendo a leer el otro!!!

    Saludos hermosas y besos, muak!!!

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  6. Uy nena escribes muy bien ya te deje mi voto en tu encuesta y me hice tu seguidora si deseas haces lo mismo.

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  7. Primero, disculparme por la tardanza.

    Segundo: al fin aparece El Gran Tapado... como vaticiné. Y no por más esperado ha sido peor recibida Su llegada. Sublime puesta en escena, Paty, me ha encantado.

    Seguiré poniéndome al día...

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  8. Menuda manera de presentarnos al marido... Uhmm!!!

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