La casa del placer: Menenia (II) - [intimidaddelosviernes]

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La encapuchada separó las manos de Marco con renuencia, como si fuera reacia a dejar el trabajo a medias. Marco se derrumbó con el cuerpo sacudido por pequeños espasmos de placer, pero como estaba atado se mantuvo derecho frente a la columna. Había rozado el éxtasis con los dedos, casi había llegado al final del camino y ahora, el anhelo por conseguirlo le ardía en las entrañas. Inhaló una bocanada de aire caliente y el perfume a jazmín y limón de Menenia se le metió en la cabeza barriendo de su mente cualquier pensamiento racional. ¡Por Júpiter! Se iba a volver loco si aquella mujer volvía a ponerle la mano encima.

—Lo has hecho divinamente, pequeña.

La esclava asintió y emitió un trémulo suspiro que regó los oídos de Marco y le provocó un estremecimiento de placer que le bajó directo a la entrepierna. Centró la atención en la desconocida para observar la piel ruborizada y erizada. El pecho subía y bajaba con rapidez a causa de la entrecortada respiración y con angustia comprobó que apretaba los muslos y se frotaba las piernas, que brillaban tenuemente. Esa chica estaba igual de excitada que él. ¿Qué significaba eso? 

—Ahora, de rodillas —ordenó la mujer de ojos verdes.

Cicerón apareció de la nada para colocar un mullido cojín a los pies de Marco. La encapuchada se hizo aire con la mano y apretó los puños, como si acometer la tarea requiriese darse ánimos a sí misma. Con delicadeza, se arrodilló frente a Marco y levantó la mirada hacia los ojos del general. Él clavó la vista en ella. Prometió sacrificar al mejor semental de guerra al dios Júpiter si este enviaba un soplo de viento que le moviese la capucha para verle la cara. Tenía un cuerpo magnífico y unos muslos suaves y tiernos, blandos, que se pondrían rojos cuando los agarrara bien fuerte para abrirla y enterrarse en ella. Con sus manos encallecidas por el uso de la espada le dejaria marcas cuando la tocara y podía imaginar con mucha facilidad la manera en que sus dedos se clavarían en el cuerpo de la esclava. También podía imaginar su cuerpo sacudido por el placer y se horrorizó al comprobar que aquella idea le gustaba.

Su captora desabrochó el cuello de la túnica y retiró más tela de su cuerpo, permitiendo que Marco se recrease en la desnudez de la esclava. Le vio la garganta, un cuello esbelto y pálido y algunos mechones de cabello rubio que deseó sentir entre los dedos. Su pene vibró al descender por su torso y recrearse en los pechos generosos, el vientre y los muslos separados por los que pudo vislumbrar un poco de sexo rosado y ligeramente empapado. Contemplar a la esclava arrodillada, solícita y excitada, inflamó un deseo primitivo y desconocido para él.

Sin que estuviera preparado, la mujer retiró la capucha de la esclava y ésta parpadeó para habituarse a la penumbra. Marco sufrió una conmoción tan fuerte que por un momento creyó estar soñando. Al ver la cara de la muchacha su excitación creció varios grados más, elevándose hacia niveles insoportables y una furia desgarradora se mezcló en una combinación explosiva cuando reconoció a la esclava. 

—Menenia… —susurró. 

Su joven esposa bajó la mirada hasta que las pestañas le rozaron los avergonzados pómulos y tras un suspiro, levantó la vista para clavar en él dos pupilas brillantes repletas de amor y cariño. 

—Marco —dijo ella con un gemido. 

Su mente se enfureció pero su cuerpo se calentó al escuchar el ronco sonido su voz. El general apretó los puños, rabioso consigo mismo por ser incapaz de aplacar el deseo. No estaba listo para un golpe de efecto como este, estaba tan excitado que le dolía y descubrir a Menenia desnuda, temblorosa y ruborizada, lo puso más duro que una piedra. El deseo de separarle los muslos y clavarse en ella se acrecentó.

La desconocida se situó junto a Menenia y le pasó la mano por el cabello. Un ronroneo complaciente surgió de los labios hinchados de Menenia, un sonido que excitó aún más a Marco. ¿Por qué ver allí a Menenia no lo afectaba más? ¿Por qué, en el fondo, se alegraba de que hubiese sido ella la que lo había tocado y no otra mujer? No lo entendía, debería estar furioso, colérico. Pero estaba nervioso, excitado y ansioso por que Menenia volviera a tocarle.

—Al general Marco le ha complacido mucho lo que has hecho —le aseguró la mujer.

—Teníais razón, Lucrecia —dijo su esposa con la voz emocionada. 

—Claro que sí, pequeña —contestó Lucrecia, su captora, con infinita ternura—. A tu esposo le gustan las mujeres y tú más que ninguna. Ahora, ¿le enseñarás todo lo que has aprendido? Está deseándolo, ¿lo ves?

Lucrecia dirigió la mirada hacia la erección de Marco, igual que lo hizo Menenia. Los ojos de su esposa se abrieron un poco más, emitió un gemido tembloroso y Marco sufrió un violento estremecimiento. Su miembro palpitó bajo la mirada de las dos mujeres. 

—Lo veo —susurró la muchacha pasándose la lengua por los labios. ¡Por los dioses! Que no volviera a hacer una cosa así o se correría sobre sus pechos.

—¿Qué haces aquí, Menenia? —acertó a preguntar Marco. No deseaba seguir con aquello, no deseaba descubrir qué era lo que Lucrecia le había enseñado a hacer a Menenia y tampoco quería saber las razones por las que a su esposa se le hacía la boca agua mirándole.

—Aprender —contestó.

Con las mejillas brillantes de rubor y los ojos rebosantes de deseo, Menenia rodeó el pene de Marco con una mano y acercó el rostro para acunar el glande entre sus dulces labios. El contacto derritió su cerebro y un gutural gemido surgió desde el fondo de su pecho. Su cuerpo se puso tan rígido que las cuerdas crujieron de nuevo y durante un segundo parecieron a punto de ceder. Menenia respiró sobre su pene derramando un chorro de cálido aliento sobre la piel mojada y sosteniéndolo en alto con las dos manos, acarició su corona con la lengua. 

La mente de Marco dejó de funcionar. La calidez de la boca de Menenia era sublime. Con mucha ternura, humedeció toda la superficie de su miembro, empapándolo de saliva con el único fin de complacerle. Tal muestra de generosidad lo abrumó, nunca en su vida había esperado recibir placer de su propia mujer y mucho menos, un placer de tal magnitud. Todas las necesidades físicas del pasado quedaron ensombrecidas bajo las atenciones de Menenia. Pero seguía furioso. A pesar del goce que lo recorría en oleadas, seguía muy enfadado y no sabía por qué. ¿Estaba enfadado con Menenia? No, claro que no. No podía enfadarse con ella, su esposa era todo dulzura y bondad y él le había respondido con gritos y mucho dolor. ¿Estaba cabreado con su captora, la que se llamaba Lucrecia? No lo sabía. Solo sabía que aquella situación, aunque placentera, no había sido una consecuencia natural de su matrimonio sino que había sido perpetrada mediante engaños. Lucrecia había obligado a Menenia a hacer todas aquellas cosas. 

La joven detuvo un momento los besos sobre su pene. Cogió aire, abrió la boca y, muy despacio, fue introduciéndolo poco a poco en el interior de su cavidad. Marco se retorció, sudando y gimiendo y Menenia, con los ojos clavados en el rostro de su esposo, succionó con fuerza hasta que las mejillas se le ahuecaron. Estuvo a punto de desmayarse. Le temblaron las piernas y, de no haber estado sujeto, se habría desplomado patéticamente a los pies de Menenia para rogar una tregua. Ella continuó chupando con dedicación, muy concentrada y sintió como se derramaba sobre su lengua. La muchacha recogió las gotas con cariño y lamió amorosamente cada centímetro de piel haciendo que Marco sufriera una violenta convulsión.

—Lo estás haciendo muy bien, pequeña. Sigue así. Le está encantando. Mírale a los ojos.

Menenia no necesitaba que Lucrecia la alentara todavía más y Marco tampoco necesitaba escuchar como Lucrecia animaba a su esposa. Lo estaba haciendo divinamente y las palabras de Lucrecia solo acrecentaba su placer. Menenia se aferró a los fuertes muslos masculinos y levantó la mirada mientras introducía más carne dentro de su boca, hasta que Marco sintió que tocaba el fondo de la garganta y vio las estrellas. Echó la cabeza hacia atrás gimiendo largamente y Menenia se retiró para lamerse los labios.

Cuando bajó la mirada hacia su esposa, Cicerón se arrodilló detrás de Menenia. Se había olvidado por completo de él. La muchacha se inclinó para depositar una serie de cálidos besos por los muslos de Marco, sus caderas, su vientre, incluso sus rodillas. El general sufrió un colapso cuando Cicerón rodeo uno de los generosos pechos de Menenia para pellizcar el tieso pezón. Marco lo vio todo rojo. Deseó de arrancar a mordiscos la mano de Cicerón y este furioso sentimiento se mezcló con el placer de sentir los labios de Menenia sobre su cuerpo.Ella continuaba con la tarea y besó a Marco entre los muslos, subiendo cada vez más hasta sus tensos testículos. Lamió su piel, degustándolo, hasta que él solo pudo temblar de gozo. Estuvo a punto de suplicarle a Menenia que se detuviera, incapaz de soportar tanto placer en tan poco tiempo. Pero mientras su esposa exploraba cada centímetro de su cuerpo, Cicerón la tocaba con esas eléctricas caricias de las que él ya había sido testigo. Imaginar las sensaciones que recorrían el cuerpo femenino fue demasiado para su cordura. La piel de Menenia se calentó y suspiró sobre Marco, enviando nuevas llamaradas de deseo a su cuerpo indefenso.

Entonces, ella se giró hacia Cicerón y este introdujo la lengua entre sus labios húmedos para besarla profundamente, privando a Marco de las atenciones de su esposa. A continuación, deslizó la mano por el vientre femenino hasta que los dedos desaparecieron entre sus muslos. Marco supo que los dedos de Cicerón rozaron el sexo femenino cuando ella se puso rígida y gimió entre los labios del esclavo. Contempló con ardor la manera en que su cuerpo respondió al placer, el tono de su piel ruborizada y los pezones endureciénose. Cicerón atrapó uno de esos deliciosos picos entre los dedos y lo estimuló con igual pericia que estimuló su sexo y el cuerpo de Menenia quedó rebosante de placer.

Marco nunca imaginó que pudiese disfrutar de una visión tan gloriosa como aquella, la de una mujer exudando placer por cada uno de sus poros. La necesidad que había en el cuerpo de Menenia invitaba a experimentarla de primera mano, invitaba a olvidarse de sentir placer uno mismo solo para ver la manera en la que ella reaccionaba a cada roce, a cada beso, a cada caricia. Marco se retorció deseando ser él quién explorara aquel cuerpo, quién despertara chispas en el cuerpo de su esposa y no aquel atractivo esclavo.  Ella comenzó a gemir y a moverse al ritmo de las caricias de Cicerón, hasta que los jadeos se tornaron deliciosamente escandalosos. Menenia se puso rígida y se aferró al cuerpo del esclavo anhelando el orgasmo pero Cicerón cesó las caricias y empujó con suavidad a Menenia para que apoyara la frente en el suelo, entre los pies de Marco. La cogió por las caderas para alzarle el trasero, se inclinó y comenzó a besarla entre las piernas. Ella se estremeció con un suspiro que era la expresión máxima del gozo.

Marco resopló furioso, muriéndose de deseo al ver como su esposa se rendía al gozo que le proporcionaba otro hombre. Podía verlo todo desde donde estaba, podía ver la forma de corazón que tenía el trasero de Menenia y también podía ver el perfil de Cicerón hundido allí. El esclavo le separó las nalgas con los dedos y con la lengua le acarició profundamente todo lo que había entre los muslos de Menenia, consiguiendo que esta jadeara y sollozara en cuestión de segundos. Marco juró a todos los dioses que mataría a aquel hombre por estar complaciendo a su esposa mientras él solo podía limitarse a mirar. Menenia se convulsionó y siguió gimiendo, con elegante destreza Cicerón desplegó su arte para penetrarla con los dedos y comenzó a acariciarla por dentro. Marco tragó saliva para estudiar el movimiento de mano masculina y repetir él mismo aquella acción en un futuro próximo. Cicerón empujó los dedos haciendo que la espalda de Menenia se arqueara, las sombras que arrojaba el brasero sobre su piel creaban una sensación cálida y la piel femenina brilló de sudor. Con extremada lentitud, el esclavo se inclino sobré las nalgas de Menenia y comenzó a lamer su entrada trasera hasta que ella gritó y se retorció. 

—¡Menenia! —murmuró Marco, asombrado. Intentó soltarse de las cuerdas, deseaba tocarla. Deseaba tocar esa piel ruborizada y caliente, ese cuerpo que se sacudía con espasmos de absoluta satisfacción.

Ella gimió y cerró los puños sobre el cojín, retorciéndose de placer. Se puso tan tensa como estaba lo Marco y entonces Cicerón dejó de acariciarla, la cogió por las caderas y la penetró de una sola vez, quedándose quieto completamente hundido en ella. Menenia gritó convulsionándose. Marco sintió que su sexo palpitaba buscando ser él quién llenara a su esposa. Cuando a ella se le pasaron los temblores, apoyó las manos en el suelo y alzó el pecho. Cicerón se acomodó mejor y comenzó a mover las caderas a un ritmo lento y profundo, sacudiendo el cuerpo de Menenia cada vez que la golpeaba con su fornido cuerpo.

La cabeza de Marco daba vueltas sin parar. Eran tantas las cosas que sentía en ese momento que era incapaz de comprenderlas. Furia, excitación, celos, deseo, ansiedad, espanto. No podía aceptar que una mujer pudiese gozar como un hombre pero Menenia lo estaba haciendo. Marco la estaba viendo disfrutar, pero también veía como lo buscaba con la mirada, como si quisiera compartir con él este momento. Verla hacer el amor con otro hombre era algo que rechazaba, pero no podía negar que quería seguir mirando para saber cómo acabaría todo. Quería ver a Menenia tener un orgasmo, quería ver su cuerpo sacudido por el placer y quería ver sus ojos de asombro cuando el éxtasis la dominara.

Cicerón aceleró el ritmo y Menenia fue incapaz de seguirle. Se ahogaba. El esclavo le rodeó la cintura con los brazos y capturó sus pechos, que empezó a frotar y pellizcar hasta que le arrancó unos dulces gritos de placer. Estaba a punto. Marco lo supo, su esposa estaba a punto de tocar el cielo. Cicerón la empujó con fuerza y se quedó quieto y Menenia jadeó para recuperar el resuello. Temblaba y tenía lágrimas en los ojos, pero eran lágrimas de satisfacción. 

Con dificultad, se aferró a los muslos de Marco y le miró con esa expresión de puro amor que le dedicaba exclusivamente a él y solo a él. Marco jadeó al notar la boca de Menenia cerca de su miembro y tragó saliva cuando ella acunó su pene entre los labios y volvió a llenarse la boca con él. Gimió de satisfacción al verse envuelto en la sedosa humedad de la boca femenina y los labios aterciopelados presionándole con dulzura, hasta que volvió a notar que la garganta marcaba el final del camino. 

—Oh, pequeña, eres todo un espectáculo —susurró Lucrecia—. Ver como aceptas esa magnífica erección con los labios es una visión gloriosa. ¿Verdad, Marco? ¿No os complace lo que véis? ¿Lo que sentís?

Marco se había olvidado por completo de ella. La mujer se acercó con un crujido de sedas y se agachó junto a Menenia. Cicerón se movió para salir de ella y luego volvió a penetrarla, empujándola contra Marco, que se quedó sin aire cuando Menenia gimió directamente contra su pene. La reverberación de su voz avivó el fuego que le quemaba bajo la piel.

—Entero, Menenia. Solo así se será completamente tuyo.

Menenia asintió débilmente y Cicerón volvió a golpearla con las caderas. La muchacha se aferró a los muslos de Marco clavándole las uñas, enviando un ramalazo de placer al miembro masculino que se estremeció entre los labios de Menenia. La tensión que se respiraba en la habitación era tangible, Marco podía verla. Hubiese podido tocarla de haber estado libre. Inspiró hondo, respirar era como aspirar humo caliente y viciado. Menenia abrió más los labios y se obligó a respirar por la nariz mientras se tragaba a Marco por entero.

El hombre aulló cuando la presión ejercida por la garganta lo apretó como un puño, con tanta fuerza que creyó que explotaría. Miles de sensaciones nuevas estallaron en su cabeza. Los nervios, tensos como cuerdas, se estremecieron, enviando ramalazos de placer a todo su cuerpo. Se convulsionó indefenso, sintiendo como la necesidad crecía en su interior y como la fuerza de los músculos de Menenia lo aprisionaban cortándole la circulación. 

Transcurrió una eternidad sin que ninguno de los tres de moviera. Se escuchaban los jadeos, los gemidos y los corazones latiendo desenfrenadamente. También se escuchaba los gorgoteos de Menenia mientras respiraba al tiempo que tragaba, obligando a Marco a sentir las contracciones de la garganta. Lucrecia, junto a Menenia, le acarició un hombro y se lo besó con ternura. Cicerón resopló con el sudor resbalándole por la frente, se acomodó tras la mujer para embestir suavemente contra ella y Menenia, por fin, reaccionó. Movió las caderas al ritmo de Cicerón y agarrándose firmemente a los muslos de Marco, le liberó de la presión de su garganta apartándose de él. La saliva se desbordó de sus labios y resbaló copiosa por su barbilla, Menenia se relamió y acarició la erección masculina que ahora estaba resbaladiza.

—Otra vez —susurró Lucrecia.

—No… Por Júpiter, Menenia… —murmuró él con la frente regada de sudor.

—Le encanta sentir como lo aprietas con tu garganta —dijo la mujer al oído de Menenia—.Le encanta ver como aceptas cada centímetro de su divina polla en tu boquita. A Cicerón también le gusta verlo, lo sé bien, ¿no sientes como te llena?

¡Dioses! La voz suave como un susurro de Lucrecia y el tono aterciopelado con el que describía la situación hicieron que Marco sufriera un desmayo. Con esas palabras había logrado sumar más grados al placer. Menenia cerró los ojos, estremeciéndose de gozo llevada por las palabras de Lucrecia. Con una convulsión y un hondo gemido, rodeó el pene de Marco con los labios, apretó y succionó con tanta fuerza que Marco se revolvió con un graznido. Luego, se lo tragó otra vez, agarrándose a sus muslos con las uñas para no soltarle. Él, indefenso, aturdido y rendido a las circunstancias, cerró los ojos y empujó las caderas contra Menenia, introduciéndose en su cálida boca para buscar ese roce contra el fondo de su garganta que más placer le causaba para poner fin a aquella locura. 

Cada beso y cada lametazo hacia que le temblasen hasta los huesos. Menenia le hizo el amor con los labios absolutamente entregada a la tarea, con una dedicación asombrosa. La fuerza con la que apretaba y tiraba de su erección lo dejaban tiritando, reduciéndolo a un ridículo estado tembloroso. Su esposa era magnífica, hermosa, deliciosa. Sus labios sublimes, su cuerpo ruborizado, sus manos, temblorosas. Sintió sus lágrimas cuando estás se derramaron por sus mejillas y le salpicaron las piernas y Marco también sintió deseos de llorar cuando ardió por dentro, con las pulsaciones disparadas y la sangre agolpada en un único punto que Menenia anhelaba exprimir.

Un súbito latigazo le bajó por la espalda y restalló en su pene. Una luz blanca lo cegó durante un momento, se tensó y, de pronto, explotó. Su cuerpo comenzó a temblar cuando un orgasmo barrió todos sus pensamientos y su miembro se contrajo un segundo antes de empezar a palpitar. Se derramó con un largo gruñido dentro de la boca de Menenia y ella, asombrada, saboreó el abundante semen que brotó imparable. Fue incapaz de contener el néctar dentro de su boca y éste se desbordó por sus labios resbalándole por la barbilla y el cuello siguiendo el mismo camino que su saliva, pero no por ello relajó la intensidad de sus besos y sus caricias y siguió succionando sin descanso todo lo que Marco quisiera entregarle hasta que no quedó nada. 

Menenia saboreó por última vez a Marco antes de apartarse de él, dejándolo bien limpio. Estaba temblando, de emoción y de necesidad, con Cicerón hundido en sus entrañas llenándola por todas partes. Estaba feliz, pletórica, rebosante de amor. Aunque Marco ya había saciado su deseo, Cicerón estaba al borde del éxtasis y Menenia, siempre complaciente, le permitió saciar su necesidad con su cuerpo. El hombre la penetró intensamente rozando lugares muy sensibles y Menenia tuvo que hacer un gran esfuerzo para no ceder al placer que proporcionaban las atenciones de Cicerón. Estaba a punto de suplicar que se detuviera cuando el hombre salió de ella para derramar su semilla sobre sus nalgas con un gemido de satisfacción. Igual que Marco, Cicerón también lo hizo en abundancia. 

Menenia apoyó las manos en el suelo y se sentó, agotada por el esfuerzo. Tenía la piel muy sensible, cualquier roce hacía que se estremeciera de placer y una intensa quemazón pulsaba entre sus piernas. Pero su placer no era importante, ahora lo importante era Marco. 

Levantó la mirada hacia el hombre que amaba. Aquel acto de lascivia, de lujuria desenfrenada, lo había cambiado por completo. Estaba hermoso, gloriosamente desnudo, como un Júpiter de carne y hueso. Su rostro, habitualmente taciturno, se había relajado y su cuerpo ya no presentaba esa tensión tan malsana ni ese color de piel tan poco saludable. Estaba inflamado, ruborizado y sudoroso. Aspiró su aroma con deleite, gimiendo ante el placer de haber probado la dulce esencia masculina y se recreó en la visión de su cuerpo agotado por el placer. Su miembro estaba todavía erecto, brillante, hinchado; era la primera vez que le había dado placer a su esposo y estaba muy orgullosa por haberlo vuelto loco de pasión. 

Dio gracias a Lucrecia con la mirada y ella le devolvió un beso en los labios.

—Has estado magnífica —le dijo ella acariciándole el rostro.

A Menenia se le calentó el corazón y se limpió las lágrimas de los ojos. Sintió en el mentón restos del semen de Marco y se limpió también, saboreando el dulce néctar de su esposo con regocijo. Lo que habían hecho podía estar mal visto por la sociedad pero Menenia estaba repleta de amor y quería compartir con Marco todos los placeres terrenales de la vida. Él era un guerrero, un soldado que había visto la muerte muy de cerca y por las noches era como un niño asustado que se retorcía entre horribles pesadillas. Ella tenía tanto amor para darle que quiso calmar su dolor hasta que un desafortunado accidente había estado a punto de separarlos para siempre. 

—Ven, pequeña. Ponte en pie.

Lucrecia la cogió de la mano y la ayudó a sostenerse sobre las piernas. Estaba dolorida, Cicerón era grande y ella había sido virgen hasta hacia bien poco. Además, no había llegado hasta el final como ellos. Sus orgasmos estaban exclusivamente reservados para Marco.

Continuará...

10 intimidades:

  1. Que maravilla Paty, esa entrega contiene una magia especial, deseada....

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  2. Hola muy buen escrito y buenas descripciones. Te he nominado a los premios dardo en mi blog http://elcuadernodelalma.blogspot.com/

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  3. Buen relato, me encanta, besos.

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  4. Hola te invito a unirte al grupo “Club de relatos eróticos” donde podrás darle difusión a tus historias a 1400 personas interesadas en leer literatura erótica.
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    Besitos.
    Michelle.

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  5. buen relato erótico, te seguiremos

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  6. Anónimo4:40

    Que maravilloso relato

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  7. Anónimo5:19

    Omg! Es tan bueno tu relato que senti cada emociob que describias hasta llore... eres excelente ME ENCANTO

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  8. Me gusta aunque un poco barroco para mí , también escribo relatos eroticos aunque mi estilo es más directo , me gusta

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  9. Anónimo6:17

    Me estremeci...

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  10. Anónimo17:51

    wow! y la continuacion?

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