El jardinero fiel #2 - [#intimidaddelosviernes]



Entró en la casa y se quitó las zapatillas. Todavía temblaba, el sudor había comenzado a secarse sobre la piel, sensibilizada en extremo. Le costaba caminar y aquel hecho conseguía que se le hiciera la boca agua. Se relamió los labios, secos de tanto jadear, y se apartó el pelo de la frente sin poder evitar lanzar suspiros con cada paso que daba.
Descalza, caminó a tientas hacia la fuente de luz, que resultó ser la cocina. Había estado allí muchas veces, cuando él se quedaba solo, que era la mayor parte del tiempo; ella iba a buscarle y jugaban sobre la mesa. Al mirarla se preguntó si sería la misma, aquella que una vez llenaron de harina. Recordó una ocasión en la que había bollos rellenos de crema en una bandeja y él se dedicó a embadurnarle el cuerpo con ese relleno.
Apartó la mirada, ruborizada.
Era la misma mesa. Acababa de reconocer una muesca en una de las patas. La conocía a la perfección, se pasó una tarde completa mirando hacia allí, mientras él, en fin, se esforzaba por cumplir como un buen amante.
—¿Con cuantos hombres te has acostado después de mí? —oyó que preguntaba él.
Se había sentado en una silla para quitarse las botas. Ella se estremeció. Había cosas que le gustaban de su relación con él, como la manera salvaje que tenía de follarla si tenía muchas ganas o las caricias que le dedicaba cuando ella se recuperaba de la impresión. Una de las cosas que más loca la volvían era que la follase con las botas puestas y los pantalones por las rodillas. La imagen de él con las ropas bajadas era una mezcla entre obscena, bochornosa y ardiente, que siempre le provocaba cosquillas en el estómago.
—Con muchos —respondió ella, carraspeando—. Perdí la cuenta.
Él emitió un gruñido de diversión y sacó una botella de agua del frigorífico. Puso un vaso sobre la mesa y se lo ofreció, lleno.
A ella no le pudo pasar inadvertida su completa desnudez y apreció la naturalidad con la que se movía. Bebió, aunque eso no refrescó ni su mente ni su cuerpo, suavizó el dolor de garganta.
—Yo solo he follado con cinco —declaró él.
—¿Hombres? —preguntó ella, alzando una ceja.
Él volvió a gruñir y ella se terminó el vaso. Lo dejó sobre la mesa. Se sentía más sofocada que antes de beber, la mesa siempre había sido baja para él y eso nunca había sido un problema, porque tenía la altura justa para que no tuviera que esforzarse lo más mínimo en llegar. Pensó en subir y separar los muslos para comprobar si había crecido con los años.
La altura de él, claro, no la de la mesa.
Se sonrojó hasta la raíz del pelo. Contemplarle desnudo le daba vergüenza. Era un portento difícil de describir, difícil de manejar. Antes no se planteaba nada, llegaba hasta la casa y se quitaba la ropa, con los muslos húmedos y unas ganas imposibles de refrenar.
El apetito de él aplacaba esos deseos.
La lubricidad de aquellos encuentros ahora le parecían exagerados.
Pero por dios que estaba sintiendo otra vez esa lujuria mal contenida y, otra vez, no sabía cómo controlarla.
Lo estaba viendo desnudo y solo podía pensar en continuar con lo que habían comenzado fuera.
—Con mujeres —dijo él al final, después de beber también un poco de agua. Se sirvió otro—. Aunque una vez me di el lote con un tío, así que no sé si eso cuenta —comentó con una sonrisa.
Ella tragó saliva y se acercó el vaso a los labios, aunque solo pudo lamer las pocas gotas que quedaban en el borde. Mordió el vidrio con suavidad.
—¿Fue satisfactorio?
—Fue divertido. Me sirvió para darme cuenta de que no me gusta follar con nadie más que contigo.
Dejó caer el vaso sobre la mesa y depositó la botella al lado. Apoyó las manos en el tablero y la miró fijamente.
—¿Vives aquí? —preguntó ella, para desviar la cuestión que él acababa de abordar.
—Sí. Decidí quedarme, esperando tu regreso.
—No podías saber si volvería.
—Claro que lo sabía, cielo. Siempre lo he sabido —dijo con voz ronca—. Siempre fuiste caprichosa y soberbia, siempre te creíste mejor que yo.
—Eso no es verdad —murmuró ella, bajando el vaso hacia la mesa, sorprendida por su declaración.
Se sintió tremendamente abochornada.
Claro que era verdad. Y él lo sabía. Siempre lo había sabido.
—Te fuiste porque era lo que tenías que hacer —continuó él.
Sonreía de un modo cálido, sin rastro de rencor. Su cara había madurado con el paso del tiempo, seguía siendo guapo y los ojos seguían teniendo ese brillo tan común en gente sincera. Ella se había acostumbrado a la hipocresía y a las mentiras, por eso la honestidad de él la pilló desprevenida.
—Me fui porque…
Él la cogió por la barbilla y la obligó a mantenerle la mirada.
—Porque era lo que creías que tenías que hacer. Cada vez que venías a verme, sabía que no era porque estuvieras enamorada de mí o porque te apeteciera estar conmigo. Siempre he sido una mera distracción para ti. No creas que yo era diferente a ti, eras una chica dispuesta y con ganas, ¿para qué perder el tiempo con estupideces? Follarte era jodidamente divertido. Sin compromiso y sin complicaciones.
Ella se soltó de su agarre.
—¿No me guardas rencor por haber desaparecido?
—Has vuelto —respondió, encogiéndose de hombros—. Tu familia era y sigue siendo insoportable. Eras una chica decente, recta y moral, pero no encontraste recompensa por tus esfuerzos. Follar conmigo fue un desafío a su autoridad. Niña rica, chico pobre, un polvo encima de esta mesa y listo. —Golpeó la tabla con la palma de la mano, haciendo que ella diera un salto por la impresión—. Querías aventuras y te di todo lo que tenía de buena gana. Te encantaba gritar, te encantaba que te hiciera todo lo que se me pasara por la cabeza, nunca me dijiste que no a nada. Te fuiste para no tener que dar explicaciones, ni a mí ni a ti misma. Los años han pasado y todo eso que esperabas encontrar ahí fuera, no lo has encontrado. Y has vuelto. Porque el mudo real es una puta mierda. Yo ya lo sabía y tú, en fin, solo tenías que verlo por ti misma.
Tenía razón. En todo. Siempre había subestimado a la gente y era un defecto del que jamás podría desprenderse. Su familia, siempre se habían considerado superiores al resto de la media y a ella la habían criado con esa mentalidad. Al primer atisbo de rebelión, su padre le había propinado un bofetón que le dejó la cara enrojecida.
Con el golpe, todo se desajustó y corrió a lanzarse sobre los brazos de un chico buscando un consuelo que no hallaría en ninguna otra parte.
—No he vuelto por ti —dijo en voz baja.
—Ya lo sé. Pero me has encontrado y eso lo cambia todo.
—No cambia nada.
—Claro que sí —insistió él, rodeando la mesa para llegar hasta ella. La cogió por detrás de la cabeza y la besó de forma arrolladora. El sonido de sus besos fue lo único que se escuchó en mitad del silencio—. Te has dado cuenta de muchas cosas al encontrarte conmigo. Yo también he descubierto cosas. No lo niegues, no tiene sentido discutir.
—Es que no…
La acalló con otro beso y ella se dio por vencida. Quería dejarle claro que no había cambiado nada, pero al colocar las manos sobre su pecho, el tacto de su piel caliente excitó el resto de sus sentidos. Le rodeó el cuello con los brazos y se apretó contra él, desnudos los dos. Frotó sus pechos contra el duro torso, mordisqueó sus labios, recorrió su boca con la lengua y se recreó en las sensaciones que él despertaba en ella. Sintió añoranza por los besos y las caricias de antes, su sensibilidad de los últimos días le causó una profunda nostalgia y se aferró al cuerpo de su amante como si temiera que él fuera a separarse. Pensó que se estaba volviendo blanda con los años y que no merecía un cariño como el que él le brindaba.
Porque nadie la había tratado como él. Ningún hombre había sabido follarla como él y, por descontado, tampoco había sabido cómo tratarla.
Él le acarició la espalda con ambas manos, las caderas, el trasero, los muslos. No las recordaba tan grandes, tan firmes, ni que apretasen tanto su carne en el pasado. Quizá eran los kilos de más que se habían distribuido por varias partes de su cuerpo y ahora había mucho más dónde agarrar. Él también tenía más dónde agarrar y recorrió sus músculos con avidez, hundiendo los dedos en sus brazos, sus pectorales o ese abdomen tan odiosamente perfecto.
Había estado con tíos con cuerpos esculturales, hombres fáciles, de una noche. Siempre resultaban ser una decepción en la cama, no sabían aguantar y ella siempre se quedaba con ganas de más. Eran puro envoltorio por fuera y estaban vacíos por dentro. Ella era un poco así, pura frivolidad por fuera para esconder que en el fondo, no había absolutamente nada.
Sin embargo con él era distinto. Sentía cosas. Emociones ardientes. Conciencia de sí misma. Sensaciones explosivas. Euforia. Tristeza. Alegría. Excitación.
La cogió por el pelo y por el trasero. La ayudó a sentarse sobre la mesa y la inclinó hasta tumbarla sobre la superficie. Ella pegó la espalda contra la madera suspirando hondamente, mirándole impaciente. Él sonrió, manteniéndola inmovilizada por el pelo. Con la otra mano acarició sus muslos, a ella le colgaban las piernas y se sujetó al borde de la mesa, expectante, cuando él le separó las rodillas.
Deslizó los dedos por la cara interna de sus muslos, una caricia que provocó llamaradas en su estómago, sin dejar de mirarla a la cara.
Ella lo observó. Tenía el pelo más largo y se había dejado barba. No se había dado cuenta del detalle, de tan obnubilada que se encontraba ante todo lo que estaba pasando. Trazó una tórrida caricia por su vientre y le frotó los pechos con la palma, haciéndola suspirar. Luego le tocó los labios con el pulgar, humedeciéndoselo, para terminar acariciándole la lengua. Ella le mordió el dedo y succionó como si se tratara de su pene, haciéndolo sonreír y gruñir.
—¿Los hombres de ciudad han descubierto lo mucho que te gusta esto?
Mientras formulaba la pregunta, retiró el pulgar de su boca, húmedo, y lo introdujo entre sus pliegues. Ella tensó las piernas por la impresión y pegó la espalda a la mesa cuando él comenzó a acariciarle el clítoris. Vio las estrellas en cuestión de segundos. Le tembló el estómago de una manera violenta y comenzó a respirar de forma superficial.
No se podía mover.
—Joder —murmuró.
Él se rio, le soltó el pelo y le rodeó el cuello con la mano para mantenerla inmovilizada.
—Los hombres de campo siempre hemos sido mejores en todo —mencionó mientras se empapaba los dedos.
Ella ni siquiera pudo reaccionar, el calor se acumuló en cada rincón de su cuerpo y le nubló los sentidos. Sus caricias se volvieron intensas en apenas dos roces, la fricción la obligó a gemir y rompió a sudar. Se le escapó un grito cuando él introdujo un dedo en su interior y después otro, sin darle tiempo a recuperar aliento. Empezó a retorcerse sobre la mesa, como en el pasado, como hacía años que no se retorcía por el placer.
Aquella tarde de a saber cuántos años, le proporcionó el masaje más intenso de su vida. Primero sus brazos, luego sus piernas, y cuando ella estaba relajada y medio dormida, comenzó con un masaje en su sexo que terminó de dejarla derrotada sobre la cama, sin poder distinguir el orgasmo de lo que no lo era.
Ningún hombre de ciudad haría algo como eso.
Nadie había conseguido que se quedara sin palabras, sin aliento y sin razón usando solo un par de dedos. No tenía que pedirle que lo hiciera de determinada manera o que fuese más deprisa, él sabía lo que tenía que hacer. Había estudiado su cuerpo y recordaba cómo tenía que tratarlo para explotar al máximo las sensaciones. Se había convertido en un experto. Se agarró del brazo con el que la mantenía inmovilizada y le clavó las uñas; como recompensa, él aumentó la velocidad de la estimulación.
Joder, qué sensación tan buena.
Con la mirada enturbiada por el deseo, vio que él sonreía cuanto más la estimulaba. Al borde del delirio, lo vio llevarse los dedos mojados a la boca y escuchó cómo gruñía cuando el sabor inundó su lengua. Aquel sonido le reverberó en el estómago y erizó toda su piel. Cuando lo vio inclinarse sobre su sexo, intentó decirle que no podría soportarlo, pero de su boca solo salió un gemido profundo. Le soltó el cuello, la cogió por las rodillas y se las puso sobre los hombros. Tiró de su cuerpo para llevarlo más al borde de la mesa y ella quedó sin apoyo, suspendida a medio camino. La sostuvo por las nalgas y cubrió sus pliegues con la boca.
Ella apretó las piernas contra la cabeza de él, sobrecogida por la impresión. El corazón le retumbó en la cabeza, apenas podía sujetarse a la mesa para mover las caderas, él la tenía a su completa disposición. Sujetándola con fuerza, lamió de arriba abajo usando toda la boca y toda la lengua.
Por dios. Nadie se lo había hecho así. Habían jugado con la lengua, habían succionado un poco, caricias que apenas duraban un suspiro. Él lo daba todo. Labios, lengua, dientes, aliento. Succionó hasta que solo se escuchó el sonido húmedo en mitad del silencio, mezclado con sus gritos. Se llevó las manos a la boca y a la cabeza, temblando sin control, buscando una manera de sobrellevar aquella locura, de disfrutarla y alargar al máximo la experiencia.
Pero él no daba tregua y el orgasmo la pilló otra vez desprevenida. Todo empezó a dar vueltas y pensó que se caería de la mesa por los temblores que la recorrieron de arriba abajo. Él la sostuvo sin dejar de beber de ella como si fuese un manantial, mezclando su propia saliva con los fluidos que brotaban sin control de su sexo. Pasado el momento de furor, ella se mordió el brazo para no seguir gritando, intentando recuperar el ritmo cardíaco y la respiración. Él se irguió sin soltarle las piernas, sujetando una con cada mano, manteniéndolas tan separadas que le tiraron los músculos.
Sabía lo que iba a pasar y contuvo la respiración. Cuando él la penetró, ese volcán de su interior amenazó con explotar y tuvo que esforzarse por no sucumbir al efecto de su embestida. El placer subió hasta su cabeza, calentándole la sangre y haciendo que se volviera más espesa. Apenas tuvo tiempo de asimilar nada, él comenzó a moverse y a golpearla en un punto de su interior que hacía que todo se volviera blanco, luminoso y brillante. Gritó como si le fuera la vida en ello, y en verdad le iba la vida, porque no podía soportar semejante delirio. Él sabía mantener el éxtasis en suspenso, sometiéndola con el frenético movimiento de sus caderas. Sonreía, con el cuerpo en tensión, las manos agarrándola con firmeza por las piernas y los músculos hinchados por el esfuerzo.
Y ella solo podía concentrarse en las sensaciones y en seguir respirando.
Lo que hacía era demasiado bueno como para perder un segundo pensando en lo que estaba pasando. Solo podía sentir, su cabeza no daba para más, los pensamientos iban y venían sin orden mientras el cuerpo se le calentaba y el placer se acumulaba, crecía y se retorcía. La fricción en su interior era sublime, resbalaba entre sus pliegues como si volara entre sus piernas; el choque de su cuerpo hacía vibrar cada centímetro de ella. El orgasmo sobrevino, doloroso e imparable, y no tenía dónde agarrarse más que la puñetera mesa debajo de ella. Y mientras las convulsiones la recorrían, él continuó sin descanso, como un demonio sediento de lujuria que buscaba la perdición absoluta de su alma.
Un largo gruñido y una última embestida puso fin al tormento. Para entonces ya no recordaba ni su propio nombre ni dónde estaba. Sintió su calor en las entrañas, sus latidos alrededor de los pliegues inflamados, demasiado sensibles, y una oleada de algo líquido que resbaló entre las piernas de los dos. Sin dejar de temblar, se cubrió la cabeza con los brazos mientras el estómago le vibraba y sus pechos se movían por la respiración agitada.
Él se retiró con brusquedad antes de lo que a ella le hubiera gustado y tiró de su cuerpo para hacerla bajar de la mesa. Se le doblaron las rodillas y a punto estuvo de caerse al suelo, porque ya no sabía dónde estaba el punto de equilibrio. Todo le daba vueltas.
La empujó con suavidad para alejarla de la mesa y le dio una palmada en el trasero.
—Camina.
Ella dio dos pasos, tambaleándose, notando como cosquilleaba la humedad que descendía por sus piernas, hasta las rodillas.
Qué exageración.
Nunca imaginó que algo así podía volver a pasar.
Avanzó sin saber muy bien hacia dónde tenía que ir, se detuvo al llegar al pasillo y se giró para mirarle, cegada por el placer.
Él se acercó para sujetarla por el pelo y besarla. Le acarició el trasero con la otra mano y, de repente, le propinó una fuerte palmada en una de las nalgas que la hizo saltar de la impresión.
—Camina —volvió a decir.
Ella obedeció y él le atizó otra palmada en el trasero, tan fuerte que esta sí que escoció de verdad. Aceleró los pasos, él la persiguió por el pasillo y le palmeó las nalgas, obligándola a caminar más deprisa, hasta que llegaron a la habitación.
Tenía el culo tan caliente cuando llegaron que apenas podía controlar la excitación. Al entrar, se apartó de él, confusa y dolorida, frotándose la zona enrojecida.
—Si puedes caminar es que todavía no hemos terminado —sentenció él, cerrando de un portazo.
Se abalanzó sobre ella y la derribó sobre la cama.
El amanecer la encontró temblando sobre el colchón, enredada entre sábanas empapadas de sudor y sexo, preguntándose en qué momento se había quedado dormida. En algún momento el agotamiento había ganado la batalla, pero no podía saber cuándo. A medida que se despertaba, recordaba haberle sentido dentro de ella incluso en sueños, moviéndose por inercia, con el cuerpo entumecido y dolor entre las piernas. Ni siquiera sabía qué hora era y mucho menos, el día en el que estaba. Solo podía recordar su cuerpo, sus manos, su boca y sus palabras de aliento para que siguiera consciente, para que siguiera con él, para que no perdiera el sentido mientras la penetraba como un poseso.
Pero la poseída era ella, que gritaba y le pedía que no se detuviera. Que movía las caderas para frotarse contra su cuerpo y lo agarraba por el trasero para que no saliera de su interior. Le dolía la mandíbula de tanto morder la almohada, de tanto morderle a él y de tanto besarle. Le raspaba la garganta de tanto que había gritado. Las manos, por la fuerza con la que se había aferrado a su cuerpo y a la cama.
Le dolían todos los músculos del cuerpo. Los pechos. El sexo.
Pero estaba tan satisfecha que el gozo se le desbordaba del corazón y le provocaba ganas de llorar. Era tal la euforia que rodó sobre la cama ahogando las risas en la almohada para que él no pudiera escucharla, o pensaría que se había vuelto loca.
Aunque por lo vivido anoche, ya debía pensar que le faltaba un tornillo.
Remoloneó un rato y luego se levantó para darse una ducha en el baño que había junto a la habitación. Con una toalla alrededor del cuerpo, descalza y con el pelo mojado, buscó al hombre. El aroma del café inundó sus pensamientos y su estómago volvió a vibrar, esta vez, suplicando algo que fuera comestible. Al llegar a la cocina, lo encontró frente al fuego, desnudo, con el torso envuelto en un delantal para evitar que el aceite caliente le quemara la piel.
Ella se quedó en la puerta, observando su espalda y su trasero que quedaban al descubierto.
—Siéntate a desayunar antes de que se enfríe. —Fue todo lo que dijo.
Se giró, con una sartén en la mano, y depositó los huevos que acababa de hacer. Luego puso unas rebanadas de pan en esa misma sartén y mientras se tostaban, le sirvió café en una taza y se la ofreció.
Ella se sentó y bebió un poco. Estaba tibio y su potente sabor le despejó los pensamientos de golpe. No pudo evitar un gemido, uno que se parecía mucho a los que emitía cuando él la follaba a conciencia, porque aquel café estaba delicioso. No tenía nada que ver con los cafés aguados de la oficina. Era tan exótico que dio un sorbo más largo y se le erizó la piel.
—Déjame adivinar, los hombres de ciudad nunca te han hecho el desayuno —dijo él, divertido, sacudiendo la sartén para hacer girar las rebanadas de pan en el aire para tostarlas por el otro lado.
Su voz sonaba grave, un poco afectada, probablemente como la de ella, por culpa de tanto gritar y tanto gruñir.
—Los hombres de ciudad no follan como tú.
—Claro que no, cielo. Son demasiado educados.
Ella sonrió mientras se bebía el resto del café.
Tenía razón.
—¿Vives aquí?
—Sí.
—¿Y en qué trabajas?
—Pues sigo con el mantenimiento de jardines y esas cosas.
—Dentro de dos días volveré a la ciudad —declaró de sopetón. Él no comentó nada, siguió haciendo las tostadas hasta que estuvieron doradas—. Podría alargar mi estancia aquí una semana más, pero tengo que volver a la oficina...
Cuando se giró, estaba sonriendo. Puso las tostadas en un plato sobre la mesa y dejó la sartén junto al fuego apagado.
—Está bien que vuelvas a la ciudad —comentó—. Así puedo ir contigo.
Ella levantó las cejas, sorprendida.
—¿Conmigo?
—Claro —aseguró él, cruzando los brazos sobre el pecho. Se le hincaron los músculos de un modo que hizo aletear su estómago y vibrar su clítoris—. Tengo que civilizarme.
—¿Civilizarte? No entiendo nada…
Se acercó a ella y le acarició el mentón, haciendo que levantara la cabeza para darle un beso en los labios.
—Alguien tiene que esperarte en casa cuando salgas del trabajo, para follarte y alimentarte. ¿Alguno de esos tíos con los que has estado sabe comerte el coño y prepararte un desayuno como este? Yo creo que no…
Ella metió la mano entre sus piernas y subió por debajo del delantal hasta llegar a su pene. Lo rodeó con los dedos y apretó, haciendo que a él se le congelara la sonrisa en la cara y empezara a sudar.
—¿Le has hecho a alguna de esas tías, o ese tío con el que has estado, un desayuno?
—Pues no… —murmuró con dificultad y las pupilas dilatadas—. Solo tú te mereces lo mejor de mí.
—No he vuelto por ti —insistió, empezando a acariciar su miembro con suavidad.
—No me importa —contestó mirándola con intensidad—. Has vuelto, estás aquí, hemos follado y ahora estamos desayunando. Imagina repetir lo de anoche todos los días.
Ella llevó la mano libre a su espalda y deshizo el lazo del delantal para sacarle la prenda por la cabeza. Él aprovechó para quitarle la toalla y acariciarle los pechos.
—No creo que pueda aguantar otra noche como esta.
—Si quieres, puedes.
Le cubrió la cara con las manos y recorrió su boca con los labios, besándola con cuidado, como si la bestia de anoche no hubiese existido jamás y en realidad siempre hubiese sido un hombre así de tierno.
—Tengo hambre —murmuró ella sobre su boca húmeda.
—Come antes de que se enfríe, entonces.
Ella asintió y se deslizó hacia abajo, hasta arrodillarse entre las piernas de él. Sin demasiadas ceremonias, separó los labios para introducirle en su boca, deslizándolo sobre su lengua. Él se tambaleó hacia atrás y se sostuvo sobre la encimera de la cocina, suspirando.
—¿Así es cómo desayunan las mujeres de ciudad? —preguntó, divertido.
Ella succionó con fuerza hasta que se le hundieron las mejillas y echó la cabeza hacia atrás para liberar su erección.
—Más vale que te vayas acostumbrando —comentó, lamiéndose los labios.


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5 intimidades:

  1. me ha encantado, yo quiero un jardinero en mi vida, que me pode el seto todo los días jajajaa

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  2. Pufffffffff. Sin palabras estoy, me gustó más que el primero.
    Quiero un jardineroooo!!!!!!!

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  3. ¡No es posible! Que líiiindo!

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  4. Que calentura.
    Que rico.
    Gracias

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