14 de diciembre de 2011

Solsticio de Invierno - 2da parte

Esta es la segunda parte del cuento, espero que en cojunto, os haya gustado ;)
Solsticio de Invierno - Parte II
Faltaban unas horas para la cena del Solsticio de Invierno. Claudia, muy unida ahora a Lucrecia, se había pasado todo el día cocinando para Lucio y para el invitado de honor, el senador Varo, que se había mostrado encantado al ser invitado. Lucrecia también estaba encantada, y Claudia sabía bien por qué.

–Voy a por nuestro invitado. Lo entretendré el tiempo suficiente para que podáis hacer vuestra magia, queridas mías –dijo Lucio, también encantado por lo bien que estaba saliendo todo. Claudia odió tener que estropearlo, pero así era su trabajo, romper las ilusiones de los tiranos y los asesinos.

Cuando estuvo a solas con Lucrecia, ordenó a Omega, el androide de cocina, que fuese a la despensa a por algo. La vaga información que le facilitó mantendría al androide ocupado, lejos del conflicto que la embajadora iba a hacer estallar en la cocina. Esa era otra de sus especialidades, crear conflictos diplomáticos; por mucho que planease las cosas, las cosas siempre salían mal.

Mientras Lucrecia colocaba sobre la mesa de acero pulido unos vasos de fino cristal, Claudia se sentó en el sillón de su padre, con un gesto teatral. El movimiento captó el interés de Lucrecia, que la miró con curiosidad.

–Es una lástima, pero no tengo pruebas que demuestren que has tratado de atentar contra la vida del antiguo senador Lucio Cornelio o contra la vida del senador Varo. Sólo son conjeturas, pero, ¿de verdad creían tus superiores que podías engañarme? –declaró Claudia con tranquilidad. Lucrecia la miró llena de confusión, como si no supiera de lo que estaba hablando.

–¿Qué? No entiendo nada de lo que dices…

–En serio, Lucrecia, no me tomes por estúpida –masculló la embajadora arrugando el ceño. Claudia sabía que no podía leerle la mente, pero sí podía actuar sobre sus sentimientos; se sumergió en su psique atravesando unas defensas que no tenía y detectó un levísimo ramalazo de temor ante el incómodo silencio que se produjo entre las dos. Claudia no se permitió una sonrisa, había tenido razón al intuir que los implantes de esa mujer solo estaban pensados para lectura y control mental; atacó una segunda vez la psique de la mujer, intensificando el miedo, elevándolo por encima de cualquier otra emoción y la mirada de terror que desfiguró el rostro de Lucrecia le confirmó que había dado resultado. Con tranquilidad, Claudia se acomodó en el asiento, impasible, hasta que Lucrecia, atenazada por un horror que no comprendía, dio un paso atrás.

–¿Qué estás haciéndome? –preguntó, con la voz temblorosa. Una fina gota de sudor frío le bajó por la frente. Claudia se sintió decepcionada por lo sencillo que había resultado hacerla confesar.

–Mi trabajo, Mon Red, mi trabajo. ¿Crees que todos mis méritos vienen por ser hija de quién soy? ¿O por haber sido la amante de quién fui? No, imbécil…
Pero Lucrecia, a pesar de estar envuelta en terror, tuvo el valor de reírse, mostrando una sonrisa despectiva.

–¿Así que lo que oí sobre el senador de Corinium es cierto? ¿Tus méritos no te permitieron ver que le encantaban las jovencitas? A mi me trató muy bien.

Claudia, por experiencia propia, sabía que no tenía que responder a ninguna bravuconada como aquella. Pero su inestabilidad emocional de las últimas semanas la había dejado tocada y reaccionó de la peor manera posible, perdiendo la compostura. La conexión psíquica se rompió y Mon Red recuperó el control de sus emociones. Claudia se abalanzó a una velocidad que sorprendió a la mujer y le atizó un puñetazo en la cara con la fuerza que da la humillación y el deseo de venganza. Mon Red extrajo una hoja de acero de debajo de las mangas de su túnica y arañó el rostro de Claudia, abriéndole un profundo corte en la mejilla. El dolor alimentó la furia de Claudia, quién, después de tantos meses de refugiarse en sí misma, dejó salir toda su rabia. Embistió contra la que se hacía llamar Lucrecia, sujetándole el brazo con el que empuñaba el cuchillo y la agarró del cuello, con fuerza, mientras la miraba fijamente a los ojos. Asaltó su mente, pero no su parte racional, sino aquella parte de su córtex cerebral dónde residían los estímulos emocionales. Buscó otra vez ese miedo, identificándolo ahora con más rapidez que antes y lo elevó, como una aeronave dirigiéndose al hiperespacio, hasta llevar a Mon Red al borde mismo de la locura. Sus gritos de horror llenaron toda la habitación, pero Claudia, dolida y humillada, hizo pagar a esa mujer todo el dolor que Marco le había causado. Pero el miedo provoca en las personas una fuerza casi inhumana y en sus intentos por quitarse de encima a Claudia, Mon Red empujó a la embajadora contra la pared y salió corriendo de la casa en un intento de alejarse de aquello que más miedo le causaba.

En ese instante entraron Lucio junto al senador Varo y Mon Red se derrumbó en los brazos de su amante, el padre de Claudia, sollozando.

–¡Me ha atacado! ¡Tu hija me ha atacado!

A Claudia la consumió la rabia, pero al ver cómo los dos hombres la miraron, como si fuese un monstruo, la embajadora sintió que un viento helado le entumecía el cuerpo y la vergüenza regresó, arrollándola, pasando por encima de ella, pisoteándola. La misma vergüenza que sintió al darse cuenta que había cometido un error al lanzarse a los brazos de Marco Galeo, un hombre despreciable que la había menospreciado y humillado. Retrocedió, sintiendo la sangre de su mejilla resbalarle por el cuello y, descubriendo, de pronto, que no deseaba que siguieran mirándola así, atravesó la cocina a todo correr y salió por la puerta de servicio, a la oscura y fría noche de Lanuvium, dónde no había ninguna luna, con lágrimas en los ojos. Corrió y corrió, escuchando cómo la llamaban a gritos; luego dejó de oírles, pero no le pareció distancia suficiente y siguió corriendo, ahogándose, con un terrible dolor en el pecho. No sabía hacia dónde se dirigía, tenía la mirada enturbiada por las lágrimas y al final, tropezó con algo, se dio de bruces contra el suelo y no tuvo fuerzas para volver a levantarse.

Al alzar la cabeza, descubrió que se encontraba a los pies de un gran árbol decorado con cintas rojas y luces doradas. La casa de su padre estaba lejos de Ninium, la ciudad más cercana y la villa era una gran extensión de prados verdes, lagunas, árboles y colinas. No era de extrañar que su padre hubiera mandado decorar los árboles de las afueras, llenando de luces todas las tierras que poseía. Claudia se sentó, tragándose el nudo de la garganta, siendo consciente de lo terrible de sus actos. Cuando descubrió su poder, el de leer mentes, los maestros del templo de Ir Primae IV le advirtieron sobre sus diferentes usos. Claudia había visto, desde el inicio de la guerra, cómo el mal uso de un poder había corrompido a muchas personas buenas. El odio, la venganza, la ira, el miedo… utilizar su poder para hacer cosas así, llenaba de oscuridad el corazón de las personas. Ella siempre había tenido cuidado con su poder, nunca lo había utilizado para hacer daño o contra alguien. Pero esa noche se había dejado llevar por las emociones y había sucumbido a la oscuridad. Se asustó. Ella no era una mala persona, nunca perdía los nervios, nunca hería, nunca hacía daño, siempre utilizaba la palabra, la diplomacia, todo lo que había aprendido en las escuelas de oratoria y retórica. Y su poder, además, era secreto, porque nadie más que su familia lo conocía. Ni siquiera la República tenía constancia de su capacidad para leer mentes o controlar las emociones de los demás. Se le agitó la respiración. Ella no era una mala persona, había salvado muchas vidas… pero también había dejado morir a otras. Hundida en la desesperación, Claudia trató de encontrar la razón por la que había actuado de aquella forma. Su padre y el senador Varo estaban en peligro, aquella mujer era una asesina de los enemigos de la República, se había hecho pasar por una joven noble y había seducido a su padre. Tras lo sucedido en el mercado, Claudia había investigado con minuciosidad la identidad de Lucrecia hasta descubrir quién era esa mujer realmente. Era peligrosa, era necesario para la supervivencia de los suyos que…

–Claudia –la llamó una voz potente justo tras ella. La embajadora se encogió, como un animal asustado. Era el senador Varo. ¿Vendría alguien más con él? Tratando de aparentar normalidad, Claudia se levantó despacio y con la mirada clavada en el suelo, se giró hacia el joven senador.

–Mi actitud de esta noche no ha sido la más acertada –contestó ella controlando el temblor de su voz–. Pido perdón, senador y no espero que acepte mis disculpas. Pero sí rogaría que aceptase mi renuncia, de inmediato, como embajadora de la República. Es obvio que no estoy capacitada para seguir ejerciendo este cargo…

–Calla –cortó él, poniéndole los dedos sobre los labios. Claudia dio un paso atrás sorprendida por el contacto, pero no levantó la vista–. Tienes razón, no has procedido como se esperaba de ti: no me has mantenido informado y has actuado sola. Tampoco entiendo porque has salido corriendo, deberías haberte quedado. ¿Qué hubiese ocurrido si no me hubiese enterado de que esa mujer se trataba de Mon Red, una asesina? ¿Te lo imaginas? –. Claudia recibió la reprimenda con dignidad, sin tratar de justificarse–. El embajador Graco, a quién solicitaste información sobre la identidad de esa mujer, me puso al corriente de inmediato: me dio la información antes que a ti, porque supuso que ya habrías hablado conmigo. Imagina mi sorpresa al saber que estabas actuando sin el consentimiento de la República y, además, dejabas a sus anchas a una mujer que pretendía matarnos a tu padre y a mi –Claudia tragó saliva, sintiendo que se habría el suelo bajo sus pies. Él tenía razón en todo lo que decía y la embajadora todavía estaba asustada, pensando que su forma de actuar había supuesto un peligro para todos, incluso para ella misma–. Graco te dio la información porque yo se lo ordené y aún así seguiste actuando a mis espaldas. Cuando esa mujer me envió una invitación… bueno, esperaba que ya hubieses solucionado el problema. Pero no, no lo habías hecho, esperaste a quedarte a solas con ella para atacarla. ¿Desde cuando eres tan temeraria? –el senador no había levantado la voz, pero la autoridad de su tono sumado al poder de sus palabras, provocaron escalofríos a Claudia, quién lentamente se hundía un poco más en la desesperación–. Y usar tu poder de esa forma… Claudia, ¿eres consciente del daño que podrías haberte causado? No te quedes callada, respóndeme –demandó.

–Sí, señor, soy consciente del daño que he podido causar. Por eso pido que acepte mi renuncia… –la voz le fallaba, se tragó el nudo, respiró hondo y sentenció con rotundidad–. No he actuado como se esperaba de mí.

–No, no lo has hecho. Si no hubiera sabido quién era ella, al veros allí a las dos, enzarzadas en una pelea, tu padre y yo habríamos interpretado la situación como lo que no era y ella habría tenido la oportunidad perfecta para cumplir con su trabajo –hubo un silencio largo, en el cual, Claudia estuvo a punto de tirarse de rodillas a los pies del senador para evitar seguir escuchando los reproches. –Sé lo difícil que debe haber sido para ti regresar a tu hogar y encontrarlo invadido por una extraña.

De pronto, Claudia sintió algo cálido sobre la herida de su rostro y la mano del joven el senador Varo cubrió la mejilla cortada con un pañuelo de algodón; un gesto demasiado personal que a Claudia le provocó un escalofrío.

–Senador… –murmuró retrocediendo un poco más hacia el árbol adornado, aturdida por el cambio de actitud. Prefería seguir escuchando sus reprimendas a enfrentarse a algo así; la última vez que un senador la había tocado de esa forma tan íntima había sido humillada. Varo era un buen amigo con el que no deseaba terminar mal, no deseaba tener que decirle que no.

–Tus heridas tienen mal aspecto, Claudia –explicó el joven político. Se acercó a ella y la abrazó. La embajadora intentó apartarse, alejarse de él, sintiendo un nudo formarse en el estómago; Varo era su superior, podía ordenarle hacer cualquier cosa… podía abusar de su posición como había hecho Marco, amparándose en la seguridad de su cargo. Se asustó y él se dio cuenta de su miedo–. No voy a hacerte daño, Claudia, no quiero que me tengas miedo. No te abrazo como el senador Varo, sino sólo como Varo, tu amigo. Léeme la mente si con eso te quedas más tranquila… aunque confío en que no tengas que hacerlo. Sé que la herida de tu mejilla no es la única que todavía sangra, lo veo en tu mirada, en tus gestos, en tu forma de refugiarte en el trabajo. Tu padre no era el único que deseaba que regresaras a Lanuvium.

Claudia dejó de forcejear, quedándose completamente inmóvil, sin relajarse ni un ápice. Tenía miedo de su cercanía, de su contacto, no deseaba tenerle cerca; eso solo significaría más dolor y ella todavía estaba herida, las cicatrices de Marco aún no se habían cerrado del todo. Pero, en el fondo, ella siempre había deseado esto, que Varo, el magnífico Tito Julio Varo, el senador más joven de la República, su compañero en las escuelas de Lanuvium, se fijase en ella. Nunca lo había hecho, nunca lo haría, ella era insignificante en el vasto universo y había mujeres más nobles con las que Varo podía desposarse. Claudia se dijo que esa era una de las muchas excusas que ella misma se había puesto para no estar nunca cerca de Varo; quizá, este fue uno de los motivos por los cuales acabó con Marco, un senador que podría haber sido su padre, aficionado a las recepciones sociales y a las chicas de compañía. Era una estúpida, como bien había apuntado Varo.

El senador dio un paso atrás, sonriendo con algo de tristeza y Claudia pudo volver a respirar.

–Sé lo que él te hizo –dijo entonces Varo. Claudia levantó la mirada hacia el senador, con un brillo asustadizo en los ojos. No quiso preguntar qué era exactamente lo que sabía que Marco le había hecho, porque eran cosas demasiado horribles para decirlas en voz alta. La vergüenza y la humillación regresaron al rostro de Claudia, que quiso refugiarse bajo el árbol. Pero Varo siguió hablando–. Cuando dejaste Ir Primae IV, la guardia detuvo al senador de Corinium. No pude reunir pruebas suficientes para detenerle por todo el daño que te causó, pero igualmente irá a la cárcel y eso, es lo único que me consuela. Ahora, todo ha terminado, Claudia. Toma, tu regalo del Solsticio de Invierno –dijo entonces, cambiando tan rápidamente de tema que Claudia se sintió aturdida. Varo le tendió una cajita redonda de color plateado–. He esperado ocho años para poder dártelo.

Claudia, sin saber muy bien qué hacer, cogió la cajita con manos temblorosas y le dio vueltas entre las manos hasta encontrar un botón. Era un pequeño hológrafo. Cuando lo pulsó, apareció una imagen tridimensional en tonos azulados de una flor envuelta en copos de nieve que caían perezosamente sobre su base. Al instante, los ojos de Claudia se llenaron de lágrimas al recordar el día en que había visto aquel hológrafo por primera vez y un aluvión de sentimientos encontrados se abalanzó sobre ella, amenazando con arrollarla como un caza derribando una nave enemiga. Claudia, la embajadora más prestigiosa de Lanuvium y de la República de Ir Primae IV, de la que todos decían que era una fría diplomática que permanecía impasible ante todas las desgracias, se echó a llorar como la joven de veintitrés años que todavía era.

–Varo… –sollozó, pero él, sabiamente, la interrumpió.

–Todo va a salir bien –aseguró–. No acepto tu renuncia y no aceptaré un no por respuesta –y la abrazó. Y solo entonces, Claudia se relajó y le devolvió el abrazo, sintiéndose, esta vez sí, en casa. –Feliz Solsticio de Invierno, Claudia.

- Feliz… –murmuró ella, pero el habilidoso senador Tito Julio Varo no permitió que ella terminara la frase y selló sus labios con un beso.

3 comentarios:

  1. Te aplaudo, te aplaudo de pie preciosa.

    Me has capturado de principio a fin y estoy convencida que si escribieras un libro basado en este corto, sería fenomenal.

    Te aplaudo, te aplaudo, te aplaudo.

    Gracias por compartir tu habilidad, tu don, con nosotros.

    Ahora sí, abrazo de vuelta!!! jijijiji!!!

    (Ya decía yo de esa Lucrecia... demasiado bueno para ser verdad XDDDDDD!!!!!)

    ResponderEliminar
  2. Hola Sweet! Gracias por tus palabras, de verdad, significan mucho para mi y es que sigo retrasando el momento de ponerme a escribir una novela o algo más largo para que lo publiquen. Espero algún día reunir fuerzas suficientes para comenzar, pero veo que cada vez falta poco para que emprenda el largo viaje de la escritura.

    Un saludo y un abrazo para ti también ^_^

    ResponderEliminar
  3. Tengo una sensacion de dejavu, bastante gran al leer esto, no se porque.

    Dejando eso, me gusta la estetica de combinar toques futuristas con antiguos, como el senado, es curiosa, extraña pero familiar al mismo tiempo.

    Aparte de eso, la historia esta muy bien, aunque me pregunto ¿Que ocurrio entre Varo y Claudia? Se revela que hubo un pasado entre los dos, pero no se llega a describir exactamente que ¿Material para otra historia? :D

    ResponderEliminar

¿Qué te ha parecido esta intimidad?